Marruecos: colores, aromas y la magia del sur

El verano de 2025 me llevó de nuevo a Marruecos, un país que me acompaña desde hace años y que no deja de inspirarme una y otra vez. No es un lugar al que simplemente se viaja y se deja atrás. Marruecos permanece. En los pensamientos, en los sentidos, en el propio lenguaje visual.

Nada más llegar, lo que lo impregna todo es la intensidad: los colores, los olores, los sonidos. El rojo intenso de la tierra, el cálido ocre de las paredes, el azul brillante de las puertas y ventanas… todo parece más potente, más denso, más inmediato. A ello se suma el aroma de las especias, de la menta y el té, del cuero, el polvo y el sol. Una combinación sensorial que apenas se puede expresar con palabras y que, sin embargo, marca cada percepción.

He viajado por este país en numerosas ocasiones a lo largo de los años y he podido conocer muchas de sus facetas: la escarpada costa de Essaouira, las sinuosas callejuelas de Fez, la tranquilidad histórica de Meknes, la vida bulliciosa de Marrakech, la amplitud urbana de Casablanca y la puerta entre los continentes en Tánger. Y, por último, la inmensidad del desierto que rodea Ouarzazate, donde el cielo y la tierra se encuentran en un silencio casi irreal.

Cada una de estas etapas cuenta su propia historia, tiene su propio colorido y su propio ritmo. Pero es precisamente esta yuxtaposición de contrastes lo que hace que Marruecos sea tan especial. Ruidoso y tranquilo, estrecho y amplio, tradicional y moderno: todo coexiste al mismo tiempo y crea una atmósfera que resulta a la vez estimulante e inspiradora.

No es casualidad que grandes artistas se hayan sentido atraídos una y otra vez por este lugar. Yves Saint Laurent, junto con su pareja Pierre Bergé, encontró en Marrakech un segundo hogar durante muchos años. Los colores, la luz y la fuerza sensual del país marcaron de forma duradera sus diseños, lo que constituye un ejemplo impresionante de hasta qué punto Marruecos puede influir en los procesos creativos.

En mi último viaje surgió un nuevo ciclo de obras: Jardins de Marrakech. 35 acuarelas que intentan plasmar esas impresiones, no de forma documental, sino como esencia. Son imágenes de luz y sombra, de colores vibrantes, de momentos entre el movimiento y la quietud. Los jardines de Marrakech, sus plantas, sus recovecos y su juego de sol y frescor se convirtieron así en un motivo central.

La acuarela me pareció un medio especialmente adecuado para ello. La transparencia de la pintura, su fluidez, su vida propia… todo ello refleja la vitalidad de este país. Al igual que el propio Marruecos, la acuarela no se puede controlar por completo. Exige confianza, apertura y la disposición a dejarse llevar por lo impredecible.

Para mí, Marruecos es desde hace tiempo mucho más que un destino turístico. Es una fuente, un espacio de resonancia, un lugar donde la percepción se intensifica y la creatividad se despliega. Y con cada estancia surge algo nuevo: una nueva perspectiva, un nuevo matiz, una nueva pizca de esa inspiración inagotable.

Atrás
Atrás

La policía intelectual del arte: cuando la opinión tiene más peso que la experiencia

Continuar
Continuar

Gerhard Richter en Paris una obra de toda una vida entre la realidad y la abstracción