La policía intelectual del arte: cuando la opinión tiene más peso que la experiencia

Existen, esas voces que cada vez se hacen más fuertes y se autoproclaman autoridad: la policía intelectual del arte. Se presentan con la pretensión de saber qué es el arte, qué puede hacer y dónde deben estar sus límites. Y ahí radica precisamente el problema.

Porque a menudo falta precisamente lo que cabría esperar: la experiencia práctica. Quien nunca ha trabajado con la luz, no comprende las sutilezas de la fotografía. Quien nunca ha empuñado un pincel ni ha luchado con las pinturas al óleo, no conoce la paciencia, los fracasos y las decisiones que se esconden tras cada cuadro. Aun así, se juzga. Rápidamente, en voz alta y con una seguridad en sí mismo que se basa más en la teoría que en la práctica vivida.

Esta evolución no deja de tener consecuencias. Incluso los galeristas que en su día expusieron programas atrevidos empiezan a mostrarse reticentes. De repente surgen preguntas que antes se respondían sin dudarlo: ¿Se puede seguir exponiendo esto? ¿Es demasiado provocativo? ¿Podría molestar a alguien? Y sí, incluso la representación del cuerpo desnudo, un motivo milenario de la historia del arte, se cuestiona con cautela, como si se hubiera convertido en un riesgo.

Lo realmente alarmante de todo esto no es la crítica en sí misma. El arte siempre ha tenido que lidiar con la crítica. El problema es el ambiente que se genera a raíz de ello: una cultura del miedo. Cuando los artistas empiezan a autocensurarse antes incluso de que lo haga nadie más, el arte pierde su cualidad más importante: la libertad.

El arte nunca ha estado ahí para ser cómodo. Puede desconcertar, desafiar e incluso resultar incómodo. Se nutre de perspectivas, de la fricción, del valor de ver y mostrar las cosas de otra manera. Cuando este espacio se reduce porque una minoría ruidosa pretende tener la autoridad moral o intelectual para interpretar las cosas, el arte no solo pierde diversidad, sino también honestidad.

Quizá sea el momento de recordar que el arte no es un conjunto de normas definidas desde arriba. Surge de la acción, de la experimentación, del riesgo. Y, sobre todo: no pertenece a quienes juzgan con más vehemencia, sino a quienes tienen el valor de crearlo.

Así pues, la cuestión no es qué puede hacer el arte. La cuestión es por qué permitimos, en primer lugar, que el miedo tenga cabida en él.

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