Gerhard Richter en Paris una obra de toda una vida entre la realidad y la abstracción
La gran retrospectiva de Gerhard Richter en la Fundación Louis Vuitton en 2026 es mucho más que una exposición: es un recorrido por una de las obras artísticas más importantes de nuestro tiempo. Para mí, personalmente, Richter representa, como pocos, la pintura contemporánea: sin concesiones, con múltiples capas y siempre sorprendente.
La exposición, que se pudo visitar desde octubre de 2025 hasta marzo de 2026, reúne más de 270 obras de más de seis décadas y ofrece así una visión casi completa de su obra. En ella queda claro enseguida que Richter no se deja encasillar en un solo estilo; más bien, su obra es un cuestionamiento constante de la imagen, la realidad y la percepción.
Resulta especialmente impresionante la enorme variedad de las obras expuestas. Delicadas acuarelas conviven con monumentales pinturas realizadas con espátula, cuyas capas de color se han aplicado sobre el lienzo con movimientos enérgicos. Estas obras abstractas transmiten a la vez una sensación de control y de azar, un juego de tensiones característico de Richter. Además, nos encontramos con sus icónicas fotografías repintadas, en las que la realidad y la pintura se funden, así como con fotografías precisas que, gracias a su característico desenfoque, crean una distancia muy particular.
También desde el punto de vista temático, la exposición muestra la versatilidad de la obra de Richter. Recuerdos personales, acontecimientos históricos, paisajes, espacios cromáticos abstractos: todo convive en pie de igualdad. No se crea una narrativa lineal, sino más bien un sistema abierto de imágenes que desafía al espectador a encontrar sus propios significados. Precisamente ahí radica, para mí, su grandeza: Richter no da respuestas, sino que plantea preguntas.
La puesta en escena de la exposición refuerza esta impresión. En numerosas salas se despliega una biografía artística que abarca desde los primeros trabajos basados en la fotografía de la década de 1960 hasta los últimos dibujos, casi meditativos. Uno no solo se desplaza por las salas, sino también a través de formas de pensar, de dudas y de enfoques siempre nuevos de la propia imagen.
Lo que queda es la sensación de haber conocido a un artista que nunca se ha encasillado —y que, precisamente por eso, se cuenta entre los más grandes de nuestro tiempo. Para mí, esta exposición confirma de manera impresionante que Gerhard Richter no solo es uno de los pintores contemporáneos más importantes, sino quizá aquel que ha explorado de forma más radical las posibilidades de la pintura.
Yo también me he adentrado en profundidad en la técnica de la rasqueta —inspirado por el enfoque radical de Gerhard Richter— y de ahí ha surgido, entre otras cosas, mi óleo Blue Sea en gran formato (140×100 cm). Pronto queda claro que la técnica de la rasqueta no es para tacaños. Se aplican enormes cantidades de pintura al óleo, se retiran y se superponen: un proceso tan intensivo en material como impredecible. Porque, por mucha experiencia que se tenga, siempre queda una incertidumbre: nunca se sabe si el cuadro saldrá bien al final. Pero precisamente ahí radica para mí el encanto de esta técnica: en la tensión entre el control y el azar, en el valor para arriesgarse y en la fascinación por lo inesperado.